La mayoría de la gente elige tipografía por el nombre o porque «queda bien». Quien sabe de esto mira otra cosa: la forma. Y hay tres rasgos que deciden casi todo lo que una letra hace en una pantalla.
El primero es la altura de la x: lo alto que llega una letra minúscula sin palo, como la x o la o. El segundo es el contraste: cuánto varía el grosor del trazo dentro de una misma letra. El tercero es la apertura: cómo de cerrados son los huecos de la c, la e o la a.
No hace falta memorizar nombres. Hace falta acostumbrar el ojo a verlos, porque son los que explican por qué una fuente se lee de lejos y otra no, o por qué dos que parecen iguales se comportan distinto.
Míralo con un ejemplo. Escribe el nombre de tu negocio en dos fuentes al mismo tamaño. Una tiene la altura de x alta y los huecos de la o y la a bien abiertos: se lee de un vistazo, hasta pequeña en un móvil. La otra, elegante, tiene la x baja y los huecos casi cerrados: preciosa en un cartel grande, y borrosa en un botón. Ninguna es mejor; cada una sirve para algo distinto.
El contraste hace lo suyo con la misma lógica. Una letra de trazo casi uniforme aguanta bien el texto pequeño y la mala luz de una pantalla. Otra con trazos que saltan de muy finos a muy gruesos deslumbra en grande, pero en un cuerpo de lectura las partes finas casi desaparecen y cansan la vista. Otra vez: no hay buena ni mala, hay una para cada tamaño.
Elegir tipografía no es cuestión de gusto: es leer tres rasgos —altura de x, contraste y apertura— y saber qué le pide el trabajo que tienes delante.
El error
Elegir una fuente de x baja y huecos cerrados para el texto de una app. Preciosa en el catálogo, borrosa en el botón.
El acierto
Para pantalla, x alta y huecos abiertos. Para un titular grande y quieto, ya puedes permitirte la elegante.
No juzgues una fuente por el póster del fabricante, siempre grande y con dos palabras. Pruébala en un párrafo de verdad, al tamaño donde va a vivir. Muchas se caen ahí.
Empezamos por lo que más cuesta al principio: distinguir de verdad las familias, más allá de «con patas o sin patas».