Hay dos maneras de meter un dibujo en algo que explicas. Una rellena un hueco para que no quede tan vacío: queda bonito y no dice nada. La otra hace visible una idea que en palabras costaría un párrafo. Solo la segunda es un diagrama de verdad.
La diferencia se nota con una pregunta: si tapo el dibujo, ¿se pierde algo? Si la respuesta es no, era adorno. Si de golpe hay que releer el texto tres veces para entender lo que el dibujo enseñaba de un vistazo, ese dibujo estaba trabajando.
Un buen diagrama no ilustra lo que ya dice el texto: dice algo que el texto no puede decir bien, como un orden, una relación o una comparación.
Esto no va de saber dibujar. Va de tener el criterio para decidir cuándo una idea se entiende mejor vista que leída, y de reducirla hasta que se explique sola. Ese criterio es lo que hace que dejes de dudar de si «esto se entiende».
Un dibujo que solo repite el título no ayuda: distrae. Ocupa el sitio y el tiempo de mirada de uno que sí explicaría algo.
Empezamos por la decisión de raíz: ante una idea concreta, ¿la cuentas con texto o la dibujas? En la próxima lección, cuándo gana cada uno.